Ana y Pablo llegaron a la estación de autobuses a las seis de la mañana. Tenían prisa porque no querían perder el primer autobús a Oaxaca. Compraron dos boletos y un café grande para compartir.La noche anterior Ana preparó una lista de lugares. Quería visitar un museo, comprar chocolate y conocer un mercado. Pablo no hizo ninguna lista. Solo puso una camisa limpia y un libro en su mochila. Mientras esperaban, Ana sacó su cuaderno y le enseñó el plan. Había una actividad para cada hora del día. Pablo leyó la primera página y preguntó cuándo iban a comer. Ana señaló tres restaurantes diferentes. «Creo que vamos a necesitar más de un fin de semana», dijo él.En la pantalla de la estación apareció un número nuevo. Ana pensó que era su autobús y los dos caminaron hacia la salida. Allí encontraron una fila larga, pero todos iban a Puebla. Volvieron corriendo y oyeron el anuncio de Oaxaca. Cuando llegaron a la puerta, el primer autobús ya estaba fuera. Ana se enfadó consigo misma. El hombre de los boletos les explicó que podían tomar el siguiente sin pagar otra vez. Salía una hora después. Compraron otro café, esta vez uno para cada persona."¿Estás seguro de que es el andén correcto?", preguntó Ana. Pablo miró el mapa en su teléfono. "Creo que sí… o tal vez no". Afortunadamente, un señor mayor les ayudó. "Oaxaca, andén ocho", dijo sonriendo.Cuando llegaron a Oaxaca, el sol ya era fuerte. Dejaron sus mochilas en el hotel y salieron a caminar. El centro era colorido y lleno de vida. Probaron comida callejera: tlayudas, empanadas y chocolate caliente."Esto está delicioso", dijo Pablo con la boca llena. Ana rió. "Espera, toma una foto primero". En el mercado compraron artesanías y regatearon un poco. Ana compró un recuerdo para su madre.La mujer del puesto se llamaba Teresa. Preparaba el chocolate en una jarra grande y conocía a todos sus clientes. Les preguntó de dónde venían y cuánto tiempo iban a quedarse. Ana abrió el cuaderno, pero Teresa no miró la lista. Les habló de una calle pequeña detrás del mercado. Allí su hermana vendía platos de barro. «No tienen un cartel grande», explicó. «Busquen una puerta azul». Pablo guardó el nombre de la calle en su teléfono. Ana lo escribió al final de una página, fuera del plan.Encontraron la puerta después de preguntar en una farmacia. La hermana de Teresa pintaba un plato junto a la ventana. Les enseñó cómo hacía las líneas con un pincel muy fino. Ana eligió una taza para su madre, pero no pudo decidir entre dos colores. La mujer puso las dos cerca de la luz. Una era verde oscuro y la otra tenía flores azules. Ana compró la de flores. Pablo preguntó si podía sacar una foto de las manos de la mujer mientras trabajaba. Ella dijo que sí y siguió pintando.Por la tarde se perdieron en calles pequeñas sin nombre. No tenían señal en el teléfono. Pero encontraron una plaza tranquila con música en vivo. Decidieron quedarse una hora y descansar.El viaje de regreso fue más tranquilo. Ana durmió casi todo el camino. Pablo escuchó música y miró el paisaje por la ventana. Cuando llegaron a la ciudad, sus amigos les preguntaron: "¿Qué tal Oaxaca?"."Increíble", dijo Ana. "Perdimos un autobús, probamos el mejor chocolate de nuestra vida y caminamos sin mapa durante dos horas". Pablo agregó: "Y volveríamos mañana". Todos rieron.El lunes Ana llevó la taza a casa de su madre. La envolvió en una camiseta porque no tenía papel de regalo. Su madre la puso sobre la mesa y preparó café. Ana empezó a contar el viaje en orden, desde la estación, pero pronto habló de Teresa y de la puerta azul. Su madre quiso saber cómo se llamaba la mujer que pintaba. Ana buscó una tarjeta en el bolsillo de su mochila. Se llamaba Isabel. En la tarjeta había una dirección y una pequeña flor dibujada a mano.Esa noche Ana escribió en su diario: los mejores viajes no son perfectos. A veces llegas tarde. A veces te pierdes. Pero siempre vuelves con historias, frases nuevas y ganas de practicar más español.702 words · 13 paragraphsMark as finished